Testimonios Vigilia Pascual 2018

¡Qué magnífico Viacrucis el de este Triduo Pascual en Villardeciervos! Jamás vi algo tan intenso y tan auténtico…
Cada una de aquellas estaciones llevaba aparejado un testimonio único y demoledor… Algo con lo que conmoverse y aprender; un ejemplo que atesorar.
Sin embargo, y cuando creía que aquello no podía superarse, llegó la Vigilia Pascual: la iglesia, a rebosar… Con la participación de todo el pueblo; no cabía un alma más. Pero no por concurrido se trataba de un acontecimiento impersonal. Todo lo contrario; tenía el calor y la fuerza de los testimonios de las primeras comunidades cristianas.
El marco, incomparable: un templo de piedra que rezumaba espiritualidad y robustez al mismo tiempo, como la roca sobre la que Jesús instituyó su Iglesia.
Una naturaleza, que parecía ser un personaje más, arropaba el evento. Una alfombra de césped acunaba aquellos paredones compactos y al sólido muro coronado de viejas y fornidas cruces pétreas.
… Y la luna presente en aquella noche tranquila, que con sus matices plateados creaba una atmósfera de magia y de leyenda; de algo muy antiguo y primitivo que tocaba el alma de cada uno de los allí presentes. Era la noche primigenia, la noche de la madera y del fuego: un fuego que no sólo calentaba el cuerpo, sino también el espíritu… Porque las llamas que surgieron de aquella hoguera, con sus tonos rojizos y azulados, que iban posándose en las manos de los presentes estaban cargadas de fuerza y de esperanza. Era (y es) la luz Santa del Espíritu de Dios; una luz que aparta la tinieblas y que ahuyenta al lobo maligno que aúlla en la montaña, y que nos permite -como a los cervatillos del lugar- caminar seguros por la senda que nos conduce a Jesús y retozar en los verdes prados que el Creador nos tiene preparados camino de su casa, como el que circunda la hermosa iglesia de Villardeciervos.
Pero ese fuego también es signo de calor y de victoria, es el calor de la comunidad… de los hermanos que comparten la senda hacia Dios, y de la victoria sobre la oscuridad y sobre la muerte. Es la luz que, en la noche y entre aquellos trazos blanquecinos de la nieve semi-líquida que caía sobre la iglesia, nos permitió comprender a todos que en aquella tumba en que habían puesto a Jesús sólo quedaban ya las mortajas. Yo lo vi… Si, lo recuerdo perfectamente; todos lo vimos. Un ángel bajó del cielo y nos lo dijo… Vi cómo Vladimir y Santiago salieron corriendo hacia una tumba que ya estaba vacía… Y entonces lo comprendí… Y sonreí, y lloré al mismo tiempo… pero de alegría, pues me di cuenta de que Jesús había resucitado (tal como estaban aquellas telas en la cueva funeraria, la resurrección era la única explicación posible)… Lo había leído en los evangelios pero hasta entonces no lo había comprendido realmente.
Y a partir de ahí la explosión de júbilo; de dicha… El canto, el baile, los abrazos, la música, las felicitaciones, la algarabía… Un torrente de júbilo que, imparable, brotaba desde el interior del padre Vladimir y asomaba a su rostro de niño dichoso y feliz inundando y desbordándolo todo… Un dulcemente sonriente padre Santiago, que con los brazos extendidos como si se tratase de un crucifijo humano que estuviese dibujado sobre una liviana cometa del tamaño de una persona, revoloteaba ingrávidamente sobre el altar mecido por la invisible mano de Dios.
… Y también el bautizo de ese niño sumergiéndolo en las tibias aguas y arropado por el calor de su familia y de su comunidad. Un calor que reconforta pero no abraza, como los rescoldos de la hoguera que aún quedaba en el exterior del templo; como el que Jesús irradia a su grupo de fieles, un calor que sosiega y apacigua, que cobija y que es el centro del hogar.
Hasta siempre, Villardeciervos… Hasta siempre hermanos. Verdaderamente -para mí-  ha habido un antes y un después tras esta entrañable Pascua. ¡Dios os bendiga a todos y cada uno de vosotros, y a todos los nuevos hermanos que he tenido la oportunidad de conocer, y que -con motivo de esta inolvidable ocasión- tanto han (habéis) enriquecido mi alma.
 ¡¡Resurrexit!!
José María (Cádiz) 08/04/2018
 

 

Mi viaje a Villardeciervos (Zamora) para vivir esta Pascua de Resurrección con la Comunidad  Koinonía Juan Bautista estaba lleno de ilusión y de expectación por lo que me iba a encontrar y tengo que decir que todo lo que me había imaginado fue poco comparado con lo que experimenté.
Este bonito pueblo, con una naturaleza de árboles y montañas con nieve, carreteras estrechas donde estás esperando ver un ciervo por los alrededores en cualquier momento, nos acogió para vivir conjuntamente la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo con los feligreses de esta parroquia así como con los hermanos de la Koinonía y simpatizantes.
Me ha agradado ver que, en todas las personas que estábamos allí, se notaba la felicidad de compartir el tiempo, el lugar y el sentimiento de que a todos nos unía un mismo motivo: Cristo. Se veía en sus caras, expresiones y amabilidad que estaban rebosantes de felicidad.
Nada más llegar me sorprendió ver cómo algunos hermanos de la comunidad Koinonía Juan Bautista estaban jugando y enseñando a los niños más pequeños mientras que los padres estaban en reuniones de talleres y vivencias.
En las experiencias vividas con diversos miembros de la comunidad he visto un compromiso serio, unas ganas de seguir y trabajar por y para Cristo, años de fe y deseos de abrirse camino en la sociedad actual.
Me impactó enormemente la celebración de la Vigilia de Pascua de Resurrección, la parroquia llena de personas de la propia localidad y otras muchas de la Koinonía y simpatizantes, la esmerada preparación de los detalles, ese fuego a la entrada, la música, las canciones, la escenificación de las lecturas, las velas, ese bautismo de inmersión…
También he de reseñar que fue muy emocionante para mí ver al p. Vladimir y al p. Santiago concelebrando con una alegría desbordante que nos contagió y que nos  hizo vivir realmente la alegría de un Cristo vivo, cercano, que nos llegaba al corazón con las palabras, gestos y ánimo de vida de los dos desde el altar.
La experiencia de vivir esta Pascua con mi comunidad ha sido muy positiva. Ha sido rememorar la primera comunidad de Cristo, donde se vivía, se compartía, se comía, se sentía a Cristo en cada hermano. Estaba ahí, próximo, se sentía en el ambiente.
Javier (Cádiz) 07/04/2018
 

 

Fue muy intenso y muy agradable participar en las celebraciones con la Comunidad en este triduo pascual. Es muy enriquecedor compartir estos días santos con personas de Villardeciervos y de otros pueblos de la comarca, y con otras personas de la Comunidad, venidas de muchos sitios de España, algunas de ellas originarias de otros países. En la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, en la residencia de ancianos, fue muy bonito ver a los jóvenes y a los ancianos que participaban. Fue una idea muy buena que la actividad de los jóvenes terminara en esa celebración. Me impresionó la piedad y la devoción con las que los ancianos vivían esta celebración.
El momento más hermoso fue la Vigilia Pascual. Para vivir de verdad la Resurrección del Señor, hay que resucitar uno mismo y vivir de verdad la alegría de la Pascua. Hay mucha muerte en nuestra vida, muchas heridas y mucha amargura, y sólo el Señor Resucitado puede curarlas. La alegría en la Vigilia, en la iglesia, y en la fiesta posterior, era de verdad, y el ambiente era muy sano, de una verdadera fiesta. 
Compartir con vosotros esos días me ha ayudado muchísimo para vivir la alegría de la Resurrección en este tiempo de Pascua.
Vicente Hoyos Montero, 09/04/2018