Testimonio de Enrique

Mi nombre es Enrique Soto, vivo en Astorga. Soy cristiano desde niño, aunque en mi juventud pasé unos años alejado y tonteando con las filosofías orientales y actitudes que hoy llaman New Age hasta que el buen pastor se las arregló para devolverme al redil.

El 18 de junio del año 2019 me dormí al volante y me estrellé frontalmente contra un bloque de hormigón. Pasé de 90 km/h a 0 km/h en un instante. Sobreviví al impacto de milagro, milagro que inmediatamente atribuí a la mediación de la Virgen María.

Yo le había pedido que me librara de las muertes repentinas. Me parece que los cristianos siempre hemos pedido esta gracia para poder presentarnos al “banquete” con el traje de fiesta adecuado y no de cualquier manera y que te echen para atrás. Estoy pensando en la parábola del reino de los cielos en la que Jesús lo compara con un rey que celebra la boda de su hijo. (Mt 22)

Desperté con el airbag en la cara. En ningún momento perdí el conocimiento ni me rompí ningún hueso pero estaba que no podía respirar. Me quité el cinturón de seguridad, abrí la puerta y me dejé caer fuera del coche. Enseguida empezaron a aparecer personas a ayudarme. Eran como el buen samaritano. No sabemos la gente buena que hay hasta que no nos vemos tirados en la cuneta. Nuestra galga Sombra, que habíamos adoptado y viajaba conmigo no sobrevivió.

Por fin llegó la ambulancia y me llevaron al hospital. Tras pasar por el escáner me ingresaron en la UCI. Allí estuve ocho semanas, una parte de las cuales estuve sedado, dormido o en coma inducido, no sé exactamente cómo decirlo. Me había roto las tripas; hemorragias internas, necrosis de parte del intestino, peritonitis, infecciones… La cosa pintaba muy mal. En esas ocho semanas pasé por el quirófano diez veces. Pude pedir el sacramento de la unción de enfermos antes de dos de estas operaciones.

Mucha gente, amigos cercanos y no tan cercanos, estuvieron pendientes de mi evolución y rezaron mucho, lo sé. Yo también rezaba: “Hágase tu voluntad”.

Podría contaros muchas experiencias pero sería demasiado largo. Un día me di cuenta de que mi vida pendía de un hilo muy fino. Realmente me amenazaba el miedo porque me sentía como rodeado por enemigos. Entonces vino a mí un versículo, “¿Qué puede un ejército contra mí si Dios está conmigo?”. Creo que era un eco del salmo 27. Esta confianza en Dios me trajo tanta paz que se despejaron todas las sombras y pude dormir tan plácidamente como un bebé.

El Señor venía en mi ayuda trayéndome a la conciencia sus propias palabras. Por ejemplo, resonaba en mí este versículo: “Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte”. Luego, cuando salí del hospital, lo busqué y lo encontré en el salmo 118 y a su lado otro  versículo que decía: “No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor”, que quizás es lo que estoy haciendo aquí ahora al dar este testimonio.

También aprendí varias cosas. Por ejemplo, que no es lo mismo sufrir que sufrir. Al asociar mi sufrimiento al de Cristo en su Pasión y ofrecerlo por la salvación de las almas, el sufrimiento ya no era estéril, ya no era lo mismo.

En realidad lo que yo sufría no era tanto por mi cuerpo, las enfermeras cada poco me preguntaban qué tal estaba de dolor y me ponían calmantes. El mayor dolor estaba en mi espíritu. No sé cómo explicarlo pero ante mí se presentaban los sufrimientos de muchos niños, mujeres y hombres maltratados, torturados, tratados con crueldad por puro egoísmo y por el placer de otros. Yo no podía dejar de contemplar tanto dolor y no podía dejar de compartirlo y sentirlo en mí mismo. Al mismo tiempo sentía que ese dolor estaba también conectado con el de Cristo en su Pasión. Así que compartir mi dolor unido al de Cristo era reconocerle un sentido. Podéis estar seguros de que no es lo mismo sufrir sin sentido, que tiene que ser horrible y desesperante, que sufrir con Cristo. Mi dolor, que era también el de otros sufrientes, asociado al de Cristo, era… no sé cómo decirlo para que no parezca absurdo, era esperanzador, sanador e incluso alegre. Por eso mientras estuve en el hospital nunca desesperé, ni maldije, ni renegué, ni me amargué. Por eso siempre he dicho que salí del hospital físicamente más débil, pero más fuerte espiritualmente.

Ahora sé, no solo lo creo como parte de la doctrina cristiana, sino que lo sé porque lo he vivido y sentido, que la pasión de Cristo me ha sanado y me ha salvado.

Veo que el accidente fue ocasión de muchas bendiciones.

Por ejemplo, mi esposa movilizó a todos los amigos para que rezaran y algunos que nunca rezaban, lo hicieron.

Los médicos le pidieron hasta en tres ocasiones a Mary, mi esposa, que se preparara porque me podría morir en cualquier momento. La infección no remitía. Mis tripas estaban perforadas y no podían ni tocarlas porque se rompían más. Llegó un momento en que lo único que podían hacer era esperar a ver qué pasaba. Entonces el Señor escuchó todas las oraciones, entre ellas las de esta comunidad de Koinonia San Juan Bautista en Villardeciervos, e hizo el milagro. Una noche tuve una experiencia de un gozo indescriptible en el que lloré mucho contemplando algunos misterios de Dios y de nuestra madre. Luego la infección empezó a remitir y los agujeros de las tripas se cerraron solos. Cuando ya había pasado el peligro y había salido de la UCI, varios médicos que habían estado conmigo en aquellos terribles momentos me visitaron y me confesaron que en mis condiciones la gente se muere siempre, que yo era una excepción. Yo les dije que era un milagro.

Estoy muy agradecido por todos los que se preocuparon por mí y rezaron.

Mary, mi esposa, y yo dejamos una nota de agradecimiento para los cirujanos, médicos, enfermeras, auxiliares, bedeles… todos tuvieron un trato exquisito con nosotros tanto a nivel personal como profesional.

Me siento muy agradecido a mi familia; mis hijos, hermanos, tíos… todos los que se hicieron tan presentes y cercanos en esas semanas.

Estoy especialmente cercano a mi esposa que ha sufrido lo suyo ante la perspectiva de poder enviudar y que nunca desfalleció en su entrega. Abandonó otros planes y su trabajo para estar a mi lado orando en mi oído, cantándome y hablándome incluso cuando estaba inconsciente. Mary me ha mantenido en este lado de la vida.

Pero mi deuda mayor es para Dios nuestro Señor porque Él ha estado presente en todo esto, mostrándose tangible y demostrando otra vez que Él es capaz de hacer que de los males salgan bienes mayores.